Críticas

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EL CLUB EXPRESS:

‘Donde las papas queman’: con mucho gusto, con toda su chicha y su limoná

Estreno “Dónde las papas queman” de ATiroHecho   /  28/02/14 – Carme Teatre (Valencia)
Una crónica de Nacho Díaz

 

Uno, que no tuvo la oportunidad de ver ‘Ladran, luego cabalgamos’, la pieza que les valió a los de Atirohecho merecidos reconocimientos de crítica y taquilla, no podía dejar de tener cuanto menos curiosidad por conocer su trabajo y su puesta en escena. La cosa es que, llegado el momento, aunque hubiera visto su recién estrenado ‘Donde las papas queman’ desde la última de las filas del Carme Teatre, me hubiera emocionado y se me hubiera disipado aquella curiosidad igual de bien. Pero en realidad tuve el privilegio de poder hacerlo desde la primera fila lo que, además, me permitió disfrutar de sus pequeñas grandes escenas, muchas de ellas delante de mi asiento, y que me dejaban oírles y verles con la mayor de mis atenciones.

‘Donde las papas queman’ tiene reivindicación; es poderoso el efecto social que transmite. Tiene historia, está documentada, está mimada en cada detalle. Tiene cuerpo, tiene ritmo y tiene interés. Tiene ese poder de embaucación, de llevarte hasta sus personajes y navegar por sus intenciones. Las canciones, además de que las saben cantar y llevar perfectamente – las canciones de Víctor Jara y Violeta Parra – terminan por redondear un escenario cuadrado cuyos márgenes se diluyen dejando un espacio abierto a la evocación. Éso es lo que hacen estos dos actores, evocar constantemente, dejar que te vayas rindiendo ante ellos y no dejar de verles en Víctor y en Violeta. No dejar de ver que, bajo la dirección de ella, ambos actores, Guille y Carla, se van haciendo grandes y fuertes. Más grandes y más fuertes.

‘Donde las papas queman’ es como un documental llevado al teatro, es una propuesta basada en una importante parte de la historia del pueblo chileno con la fuerte presencia de la canción protesta de Víctor Jara. Letras elegidas para el caso, escenas preparadas para servirlas y toda la sensibilidad del mundo. No son impostores que han elegido quedarse con esta historia para hacer protesta. Ellos, y no me refiero ahora ni a Víctor ni a Violeta, son sinceros, respetuosos y valientes al mostrar la historia de un pueblo, al defender con su pieza todo un alegato a la lucha y a la utopía. Todo un alegato al cariño y al amor. Por momentos, se te apodera el sentimiento de terminar aplaudiendo al finalizar cada escena: cuando terminan su parte de danza, cuando acaban sus canciones, cuando se quedan en silencio, cuando se funde a negro, cuando comienzan un nuevo capítulo, cuando se miran, cuando se besan, cuando revientan… Me contuve hasta que encontré el aplauso cómplice del resto de la sala al finalizar la función. Si por mí hubiera sido, les hubiera aplaudido mucho más. Mi aplauso a Víctor y a Violeta. Mi enhorabuena a Guille Zavala y Carla Chillida.

La obra continúa en cartel en el Carme Teatre los días 6, 7, 8 y 9 de marzo. No te pierdas la ENTREVISTA a la compañía sobre su estreno ‘Donde las papas queman’.

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Inspirado en Víctor Jara

DONDE LAS PAPAS QUEMAN, de Carla Chillida.- Carme Teatre

A lo largo de 2013 se han realizado en Chile diversos montajes teatrales rememorando lo acontecido en 1973 en el país austral: el golpe de Estado militar, el bombardeo de la Casa de la Moneda, la muerte del presidente Salvador Allende y, como consecuencia, el abortamiento de un sueño (la Revolución pacífica, el socialismo en libertad) y la instauración de una pesadilla (la Dictadura de Pinochet). Y dentro de ese contexto cobra relieve la detención, tortura y muerte del cantautor y director teatral Víctor Jara, autor de canciones inolvidables a las que han prestado sus voces muchos artistas y en muchos idiomas (Raimon, verbigracia). Por supuesto, esa repercusión internacional permite que la figura de Víctor Jara, como artista y como luchador por los derechos sociales de los más desfavorecidos, pueda ser también reivindicada y presentada como paradigma en otros lugares. Aquí en Valencia, por ejemplo, donde contamos con una compañía, A Tiro Hecho, y una joven creadora, Carla Chillida, que sintonizan muy bien con el que pudo ser el pensamiento ético y estético del artista chileno. Al igual que los anteriores montajes de la compañía (No te salves, Ladran, luego, cabalgamos), Chillida ha realizado un intenso trabajo de búsqueda documental (se podría etiquetar la propuesta como “teatro-documento”) que le ha permitido no ya reconstruir la biografía de Jara, sino, más allá de ello, recrear una época y una atmósfera. Por eso, junto a las palabras y las canciones de Víctor Jara se cantan otras de Violeta Parra o se dicen versos de Pablo Neruda y declaraciones de Joan Jara, la viuda. Y se proyectan imágenes documentales (algunas tomadas de La batalla de Chile, de Patricio Guzmán) o reproducciones de los bellos murales de la Brigada Ramona Parra). Pero las imágenes más bellas son las que genera el propio espectáculo con instantes especiales, como la canción que interpretan juntos Carla Chillida y Guille Zavala, compartiendo un sentimiento y una guitarra, o como ese mapa de Chile que dibuja el cuerpo de la actriz sobre una pantalla, o como ese momento mágico del discurso de Salvador Allende con sus gafas de pasta rodando en el tocadiscos, o la guitarra partida, tan expresiva. A todo ello cabe sumar el trabajo coreográfico, marca de la casa, la buena iluminación (Diego Sánchez), la labor gráfica (Elías Taño) y la actuación, la de Chillida, claro, pero muy especialmente la de Guille Zavala, actor al que no conocíamos hasta ahora y que nos ha sorprendido en todas las facetas (canto, baile, dicción). Magnífico y emotivo espectáculo.

Nel Diago

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 Donde las papas queman, el entusiasmo de Víctor Jara en un cancionero teatral

Los valencianos A Tiro Hecho continúan inventando el documento político musical

Publicado el Sábado 5 de julio de 2014, a las 00:13h

José Henríquez – la República Cultural.es

En su segunda visita a Madrid, en el Teatro Lagrada, vuelve a sorprender el camino que abre el joven colectivo valenciano A Tiro Hecho en la invención de un teatro político contemporáneo, que integra con gracia, frescura y valentía registros documentales, música y canción en vivo, danza y acciones cinéticas.

El pasado diciembre A Tiro Hecho (2011) mostró en El Montacargas su segunda obra, Ladran, luego cabalgamos, un intenso montaje coral de música, documento y baile, con seis intérpretes, que plasmaba una rica sinopsis de los movimientos políticos y sociales del siglo XX, vistos desde los debates y asambleas generados en las acampadas del 15 de mayo de 2011 y aliñada también con toques de saludable humor. El colectivo se autodefine como “compañía de teatro físico, dentro de lo que cabe.”

La pieza fue creada por sus actores, con dirección de Carla Chillida, e hizo una gira en el XI Circuito de la Red de Teatros Alternativos, que comentamos en nuestra revista. (Ocho salas de Madrid acogieron la muestra escénica del XI Circuito Alternativo) Con esta misma pieza, el colectivo prepara una gira en Argentina y Chile para septiembre de este año.

Donde las papas queman, estrenado en febrero de 2014, que la compañía subtitula Inspirado en Víctor Jara, es un cancionero dialogado y bailado que recorre la intensa experiencia de este músico y teatrero chileno, que estuvo, siguiendo el dicho de su país, “donde las papas queman”, en el epicentro del proceso revolucionario de su pueblo, antes y durante el gobierno democrático de Salvador Allende y de la coalición Unidad Popular, destruido en 1973 por un golpe militar.

El propio músico reivindicaba con esa frase y con alegría la opción del compromiso frente a la desidia y el oportunismo, en una de las canciones que se interpretan en la obra, Ni chicha ni limoná.

Un diálogo de amor y música

El montaje centra su visión en la trayectoria artística y la vida amorosa de Víctor Jara, eludiendo los tópicos y las reducciones acostumbradas por las hagiografías y martirologías seudo progresistas.

A partir de fuentes documentales, el colectivo inventa e interpreta con sencillez diálogos y entrevistas de Violeta Parra, de Jara y su compañera Joan Turner, y como en un programa radiofónico los intercala entre una quincena de canciones.

Carla Chillida y Guille Zavala, flanqueados por un tocadiscos, guitarras, charango y una pequeña tarima, componen el viaje de iniciación del artista, desde su origen campesino y el legado de su madre, cantora popular (cantan El arado; escuchamos una grabación del rockero Dean Reed cantando en alemán la Plegaria a un labrador), hasta su aprendizaje junto a Violeta Parra y su vinculación con el movimiento de recreación que vivió la música popular chilena en los años 60 y 70, en un período de importantes luchas y cambios sociales, como la reforma agraria, que se evocan en imágenes y narración.

En estas conversaciones, la obra centra su atención en el debate sobre el sentido de la música y su lugar en la vida de la gente y en los movimientos sociales, al hilo de la risueña Mazúrquica Modérnica, de Violeta, que interpreta Chillida: “Me han preguntádico varias persónicas / si peligrósicas para las másicas / son las canciónicas agitadóricas / ¡Ay qué pregúntica más infantílica!“.

Debaten los personajes de estas entrevistas si la música debe adaptarse “a los diferentes estadios de las luchas de los pueblos”, si hay que superar la “canción panfletera”. Víctor Jara afirma que en ese momento de su vida la canción popular lo ha raptado, que él permanece fiel a la gente y que apuesta por una canción que emocione; que sólo permanecerá la música que el pueblo defiende. A continuación se proyectan imágenes en blanco y negro del cantor corriendo y agitando su poncho por un campo, mientras en el tocadiscos suena su canción Vamos por ancho camino.

Y en el corazón de este debate colocan la opción del amor, que en palabras tomadas del cantante, es su razón de vivir. Es un tema que atraviesa toda la obra, desde la apertura con la canción Paloma quiero contarte y continúa con El cigarrito; Te recuerdo, Amanda; Deja la vida volar… y que se concentra en la imagen que componen ambos actores, abrazados, cantando y compartiendo una sola guitarra.

La vida con Víctor es divertida“, dice la actriz, cuando se convierte en Joan Turner Jara, y en un pequeño terrario rodante el montaje evoca el placer en el hogar que construyen ambos.

Con sus dos montajes mostrados en Madrid, A Tiro Hecho recoge el debate del papel de la música, de la alegría y el placer, que vuelve hoy a las calles, cuando los movimientos y manifestaciones sociales inventan y recuperan canciones, organizan coros, orquestas, charangas, bailes y batucadas para expresar sus sentimientos, opiniones y derechos.

Gestos y acciones para el pensamiento

La pieza huye de la solemnidad y el engolamiento, no chantajea ni redunda en hechos ya conocidos del golpe militar de septiembre de 1973, como la tortura y asesinato del músico por los militares en el Estadio Chile, o la muerte de Salvador Allende en la sede del gobierno democrático: crea gestos artísticos para el pensamiento y la memoria.

Carla Chillida coloca una guitarra en el centro del espacio, ésta se parte en dos y de su interior saltan unas gafas.

La partitura de danza, movimientos y acciones con objetos cotidianos (ponchos, guitarras, sillas de paja, sacos de patatas…) tiene gracia y energía, fluye con sencillez y naturalidad, crea paralelismos visuales. Los dos actores cantan muy bien y sus canciones, como sus bailes, respiran con la obra y la hacen vivir. Sugieren las figuras de Víctor Jara, Violeta Parra, Joan Turner… con sobriedad y carne, sin representar ni acartonar.

La pieza propone un marco político claro y simbólico, sin obviedades ni redundancias. Al comienzo, sobre el cuerpo desnudo de la actriz se proyecta la silueta del mapa de Chile, como una columna vertebral que será el eje del espectáculo. Y a continuación, ella sugiere la situación de miseria del pueblo chileno en los años 60 cantando “a capella” la irónica y negra geografía del país que compuso Violeta Parra, y tras señalar los puntos cardinales de los extremos sociales, concluye: “Al medio de la Alameda de las Delicias, Chile limita al centro de la injusticia”. Mientras canta la actriz, se proyectan dibujos inspirados en los telares de la propia Violeta y en los murales callejeros chilenos.

En esta misma línea de símbolos, el espectáculo hace metáfora política y re contextualización de algunos versos y canciones. Chillida superpone su lectura del famoso Poema 20, de Neruda (Puedo escribir los versos más tristes esta noche…) a las imágenes del bombardeo y destrucción de la sede del gobierno democrático chileno.

En una escena de enorme violencia poética, a medida que unas pancartas se pueblan con los rostros de las personas asesinadas por los militares golpistas, los dos actores caen de bruces, ponen las manos en la espalda y entonan la canción más terrible de Violeta Parra, como treno y conjuro del golpe militar: “Maldigo del alto cielo… porque mi alma está de luto maldigo los estatutos del tiempo con su borchorno, cuánto será mi dolor.” Y a continuación, los actores comienzan a tirarse patatas con fuerza y a reventarlas en los muros.

Nuevamente, como en Ladran, luego cabalgamos, hay apuntes de ironía y humor, tanto en los cantos citados (Mazúrquica…, Ni chicha ni limoná…) como en las ironías de los extremos sociales, de la vida y el odio de las clases parasitarias, en un brindis con champán que se vomita, en imágenes de entrevistas callejeras y canciones como Las casitas del barrio alto, de Jara, sobre un tema de Pete Seeger, que entonan los actores, o El Drugstore, que se escucha en la voz de Ángel Parra, mientras bailan una irónica cueca.

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EPISKENION

(Josep Lluís Sirera)

Hace unos cuantos años tuve la ocasión de publicar un par de artículos sobre el teatro documento. Lo hice en unos momentos (a finales de la década de los noventa) en los que la misma reivindicación del teatro histórico (y no digamos ya del teatro de Bertolt Brecht) parecía una debilidad propia de nostálgicos de un mundo a punto de extinguirse: el de la utopía revolucionaria como gustaban de calificarla los pragmáticos que por aquel entonces (y por aquel ahora) tenían la sartén por el mango. El teatro de la memoria, por cierto, estaba todavía dando sus primeros pasos y lo hacía muy discretamente.

Como es obvio, y visto ese panorama, estaba convencido cuando los publiqué que hablaba de un pasado más o menos glorioso pero que no tenía precisamente muchas posibilidades de servir de acicate a los nuevos dramaturgos ni, mucho menos, de atraer a los espectadores más jóvenes; ni siquiera en Catalunya, donde parecía que había arraigado el género con algo más de fuerza gracias a obras como la de Maria Aurèlia Capmany y Xavier Romeu, Preguntes i respostes sobre la vida i la mort de Francesc Layret, advocat dels obrers de Catalunya, o sobre todo las de Ricard Salvat: Salvat Papasseit i la seva època: però la joia és mevai Adrià Gual i la seva època.

Así las cosas, se podrá entender mi sorpresa cuando me topé con la joven compañía valenciana A tiro hechoy su Donde las papas queman. Quienes no conozcan a la compañía ni a su dramaturga y directora (amén de actriz) Carla Chillida podrán pensar que nos encontramos ante una suerte de operación nostalgia dedicada especialmente a los que peinamos canas… o calvas. Es perfectamente comprensible esto, desde luego: si la figura de Salvador Allende todavía es conocida entre los sectores progresistas de nuestra sociedad, las aportaciones musicales de Víctor Jara o Violeta Parra  me suena a mí que lo son algo menos incluso entre los más veteranos.

Nada de nostalgia, sin embargo. Porque el destinatario de esta suerte de biografía artística de Víctor Jara que aquí se nos ofrece no somos tanto los que vivimos los años  setenta y nos emocionábamos, por ejemplo, ante una representación clandestina (en esos años el franquismo continuaba reprimiendo con saña, que no nos engañen sus descendientes con versiones edulcoradas de la historia) de la cantata Santa María de Iquique, compuesta un poco antes por Luis Advis e interpretada por el grupo Quilapayún. No. Esta obra va destinada a aquellos para los que el período de la Unidad Popular chilena es solo historia, y muy remota además.

De aquí que el enfoque del espectáculo esté libre de nostalgias y de interpretaciones más o menos mitificadoras. Un ejemplo perfecto de esto mismo lo encontramos en algunos momentos de la representación, como cuando Guille Zavala, que interpreta de forma soberbia al cantautor chileno, reproduce mediante sus carreras en el escenario las imágenes de un vídeo, muy años sesenta, de Víctor Jara haciendo lo propio por su tierra chilena. Paralelismo que pone en relación los dos momentos, el nuestro y el del cantautor, pero que al propiciar una especie de visión irónica propicia el extrañamiento que conduce a la reflexión crítica.

He hablado de biografía artística, aunque quizá sería más exacto hablar de aspectos de la biografía artística de Víctor Jara. Y es que Carla Chillida ha puesto el acento en la relación entre Jara y Violeta Parra que fue quien lo animó a dedicarse a la canción popular. Muy comprensible, por otra parte, porque en los cuarenta años que los secuaces de Pinochet le dejaron vivir (fue asesinado a punto de cumplir los cuarenta y uno) el cantautor desplegó  una actividad frenética: director de muy estimables montajes de teatro, activista político, profesor universitario… Sin olvidar, ni mucho menos, la grabación de discos, los conciertos en directo, su colaboración con el ya citado grupo Quilapayún o sus giras internacionales. Aspectos sencillamente inabarcables sobre las tablas si no se pretende abrumar a los espectadores con un atropellado y  mareante recorrido biográfico.

Es por ello por lo que optar por centrarse en la fecunda colaboración entre Violeta Parra y Víctor Jara no se trata de una mala opción. Todo lo contrario: frente al riesgo de convertir la obra en un fresco colosal, una suerte de remake de La batalla de Chile, la gran película de Patricio Guzmán, al grupo valenciano le ha bastado –por ejemplo– con una serie de pequeñas pero muy significativas acciones físicas que nos recuerdan, entre otras cosas e inevitablemente, no solo el asesinato de Jara sino el de tantos militantes de la Unidad Popular. Y es que para poner de manifiesto la vesania de sus asesinos hay bastante con un pequeño corte de la película citada en la que vemos a una antiallendista desbordante de esa rabia que poco después se traduciría en asesinatos y torturas de todo tipo… Ah, y para que no queden dudas, A tiro hecho  contrapone la hondura musical y poética de las canciones de los protagonistas con ese lamentable (también en términos puramente estéticos lo digo, que conste) “Mano dura Pinochet” del grupo Trébol, digna de figurar en el mismo museo de los horrores que los artículos que en sus ratos libres escribía Franco, ese faro hispano que iluminó –de color rojo sangre– la trayectoria de su aventajado discípulo chileno.

Por cierto, y antes de pasar adelante, me gustaría hacer una pequeña aclaración: el teatro documento no aspira, o por lo menos no de forma prioritaria, a darnos una explicación detallada de procesos históricos determinados, sino más bien a documentar sin necesidad de lecciones de historia de qué forma dichos procesos inciden en personas concretas, trátese de científicos como Robert Oppenheimer (El caso Oppenheimer de  Reinar Kipphardt) o de anónimos y grises servidores del régimen nazi (La indagación de Peter Weiss), y de qué forma los actos de estas personas influyen en su entorno y en las futuras generaciones. Justo lo que aquí nos ofrece A tiro hecho, sin duda alguna.

Hay más cosas que vinculan esta obra con el género, por supuesto. Y es que siguiendo las mismas pautas del teatro documento nos encontramos aquí con la construcción del texto mediante un hábil montaje de materiales documentales de índole muy variada: desde las canciones mismas de ambos personajes (sus letras pero también su forma de interpretarlas) hasta las entrevistas que concedieron a medios muy diversos y en las que fueron desgranando sus opiniones sobre el mundo en que vivían, con especial incidencia en su Chile natal, así como las motivaciones que les llevaron a embarcarse en la apasionante aventura de conformar un estilo de canción popular destinado a tener gran repercusión en todo el mundo. El trabajo de montaje al que Carla Chillida somete los materiales con los que trabaja es, sin duda, eficaz: a partir de una serie de canciones paradigmáticas de Víctor Jara, escogidas tanto por sus valores musicales como por la significación de títulos y letras, se alcanza un ritmo ágil sostenido y, como queda dicho, aleja el resultado final de cualquier veleidad hagiográfica.

Otro de los rasgos interesantes del teatro documento es que permite la presencia de personajes definidos sobre los que es posible, con una buena dirección desde luego, un trabajo interpretativo solvente. Ya me he referido antes a la labor de Guille Zavala, que no solo ha de interpretar textos que fueron dichos por Víctor Jara en situaciones muy diversas, desde entrevistas a preámbulos a canciones determinadas, sino reproducir la forma de cantarlas que tenía Jara sin caer en un simple calco (no hay intención de hablar en chileno por ejemplo). Pues bien, lo mismo sucede con Carla Chillida que asume el papel de Violeta Parra con la misma solvencia y, en algunos momentos, de forma realmente brillante: la explicación inicial de sus pinturas o, sobre todo, la interpretación de la siempre difícil “Mazurquica modernica”. La conjunción que muestran ambos intérpretes en las acciones físicas que jalonan la obra (incluida la de tocar una misma guitarra entre los dos) es, además, otros de los puntos fuertes del espectáculo.

Aunque nos encontramos ante una propuesta modesta en sus dimensiones, que no en los resultados alcanzados, sería injusto no destacar aquí, además del montaje de los materiales y el nivel interpretativo alcanzado, el grafismo de Elías Taño y los vídeos que jalonan el desarrollo (impactante el mural inicial de Chile) o que en ocasiones se convierten en su contrapunto; vídeos de lo que se responsabilizan Nacho Carrascosa y Mamen Jiménez.

En resumen: mucho más que un merecido homenaje a los cantautores chilenos, y mucho más también que un emocionado recuerdo a unos años cruciales y a unas figuras igualmente cruciales, como el presidente Salvador Allende. A tiro hecho elabora una suerte de cantata teatral pensada, y esto me parece fundamental reiterarlo, no para los que vivimos aquellos años en primera persona, sino para un público para los que no son sino pura historia. Lo hace, además, con las ideas muy claras: si queremos que las cosas cambien hay que estar –como dice el título del espectáculo– “donde las papas queman”, como si dijésemos: allí donde se cuecen las grandes decisiones que a todos nos afectan; porque, pese a que muchos de nosotros nos mostremos indiferentes, apáticos o, peor todavía, escépticos, es un deber irrenunciable no renunciar a nuestra voz y a nuestra capacidad (grande o pequeña, da igual) de intervención. Como hicieron Violeta Parra, Víctor Jara y  millares de chilenos que hace ya más de cuarenta años creyeron que otro mundo era posible, lucharon por él y dieron su vida si fue preciso. Quede aquí el cruel suplicio al que fue sometido el cantautor (y cuyas detalles se omiten acertadamente: no se trata de impactar emocionalmente sino de propiciar la reflexión serena) como paradigma de compromiso y coherencia. Rasgos ambos que, por lo que voy viendo, caracterizan también la labor de esta compañía. Que, encima, sus propuestas posean solidez, calidad y valores teatrales no hace sino incrementar el interés de sus propuestas.

FUENTE: http://www.episkenion.com/no-somos-cr%C3%ADtic-s/donde-las-papas-queman/

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